LA DIVERSIDAD
Fue ahí cuando me di cuenta de que ellos recibían un trato de lo más positivo y acogedor, en el que allá donde fuesen (al menos desde lo que veía, claro) iban a ser bien recibidos. No obstante, también me di cuenta de que tanto esta como otras diferencias suelen ser rechazadas indirectamente; no tanto por los niños, sino por los adultos, y no únicamente en el campo de la educación.
Por una parte, el hijo o la hija se pone a la defensiva y sabe mostrar una actitud crítica que rechace lo que su familia está diciendo. (Esto me pasaba siempre de pequeña y normalmente “contraatacaba” porque mi lógica decía que tras haber hecho daño a alguien, si te ponías en su lugar, podías ver que no era algo agradable).
O bien existe la posibilidad de que los niños interioricen esa actitud como la adecuada para tratar a los demás y vayan reproduciendo cierto tipo de comentarios despectivos hacia sus compañeros de clase o incluso amigos.
La forma en la que concebimos la inclusión está fuertemente marcada por nuestras experiencias más cercanas, como he estado comentando. Sin embargo, los sesgos y nuestra actuación no se limita de forma exclusiva al entorno educativo, sino que se debe mostrar especial atención a lo que consumimos en nuestro día a día.
Según han pasado los años, el mundo cinematográfico ha centrado su atención en impulsar la diversidad, incluyendo en sus obras (especialmente animadas) a gente diabética, con distintos tipos de discapacidad física o cognitiva, o incluso pertenecientes a la comunidad LGTBIQ+.
La reacción ante esto último, precisamente, fue un absoluto rechazo por los adultos debido a lo contradictorio que puede resultar con sus valores personales y familiares (lo que suelen estar influidos por aspectos sociales, culturales, etc.).
Indiscutiblemente, los adultos deben tener cuidado con el contenido que consumen sus hijos/as y está bien tener esa supervisión, especialmente cuando son más pequeños. Aún así, el rechazo que surgió vino plenamente de los padres más que de los propios niños; por lo que desde aquí me pregunto: ¿Cómo vamos a formar a las próximas generaciones basadas en la libertad de expresión y el respeto hacia los demás, cuando son precisamente las generaciones anteriores las que limitan este aprendizaje?.
Esto no se limita al ámbito audiovisual, sino que sucede los mismo con lo más cotidiano como es el juego: en los juguetes y las ideas preconcebidas de los padres cuando a un niño/a le llaman la atención aquellos asignados socialmente al otro género y les siguen forzando a utilizar algo que no les gusta realmente.
Por la misma línea, las industrias han evolucionado a la vez que sus mentalidades, y empresas como Mattel ha sacado cientos de variedades de su famosa Barbie con distintos rasgos: discapacidad auditiva, visual, Síndrome de Down, vitiligo… A pesar de los avances, al final son las familias las que optan por aceptarlo o bien transmitir la idea de que es algo innecesario o poco digno de valor.
Por mucho que queramos introducir unos valores basados en el respeto y libertad, las mentalidades más arraigadas nos imponen unos obstáculos que impide que acompañemos a los niños hacia un entorno mucho más inclusivo.

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