EL ÉXITO

 


En muchas ocasiones hemos visto actores crecer desde su juventud en obras con grandes éxitos, donde el reconocimiento y los premios han hecho parecer que ha obtenido una evolución positiva. No obstante, a pesar de que todo parezca bueno, debemos mirar de igual manera aquellas facetas que no salen a la luz tan fácilmente.


Nadie suele hablar de la fama y lo que esta repercute. Se trata siempre el prodigio y el talento que posee la persona, desde una admiración que en un principio parece inofensiva. Sin embargo, rara vez el punto de reflexión radica en las expectativas sostenidas a duras penas. 


Esto mismo sucede en el ámbito educativo; pues siempre se menciona el buen rendimiento que tiene un estudiante y de la responsabilidad que posee a su edad pero, ¿y qué pasa con las consecuencias que van a resultar por crear unos estándares cada vez más difíciles de superar? 


El hecho de que alguien reconozca tu propio trabajo es una de las sensaciones más agradables, pues al final esta valoración sirve como empujón para seguir adelante, como si de una dosis de motivación se tratara (especialmente en los momentos más difíciles). No obstante, no tardan en aparecer los comentarios del tipo: ¿Qué tal las notas? Bueno, ni te pregunto”, que hacen que el niño acabe temiendo el rechazo y que su palabra sea minimizada con respecto a la de un adulto. 


A pesar de sus buenas intenciones, surge el miedo de la reacción que tendrán las personas de su entorno cuando se enteren de que las evaluaciones no han resultado tan bien como se esperaban o ha suspendido alguna materia. La sinceridad se va disipando, pues no hay lugar ni espacio para ella. 


Es aquí donde surge una relación tóxica con la validación académica, donde las felicitaciones acaban siendo transformadas en un mantenimiento dependiente más que una motivación. El proceso ascendente que ha realizado es de lo más gratificante y se debe reconocer sin lugar a dudas; al final queremos que nuestros niños se reten y  sean capaces de superarse a sí mismos. No obstante, cuando se ha llegado a ese peak, es muy fácil que cualquier mínima recaída sea notoria, lo que se acentúa aún más con la oleada de comentarios desfavorables. 


Desde este momento, nosotras como docentes perdemos casi por completo la finalidad pedagógica del aprendizaje de nuestros alumnos, puesto que el foco ha pasado de estar dirigido a la comprensión de los conocimientos y la capacidad de ponerlos a la práctica, hasta estar enfocado en un resultado plenamente numérico diseñado para satisfacer los deseos de los demás. 


¿Quiere decir esto que no debemos felicitar un buen resultado? 


Siempre debemos mostrar una actitud positiva y esperanzadora hacia nuestros niños para que, como bien he dicho, den lo mejor de sí mismos y sigan esforzándose. Sin embargo, debemos tratar que no se transforme en un sistema de dependencia; al final, si uno de nuestros objetivos es que alcancen su pleno desarrollo, obstaculizar su progreso asegurando la ansiedad en el estudio va a hacer que repercute directamente en su presente y sin duda en su futuro (en el caso de que no se trate cuando requiera). Cuanto más se tarde en ofrecer un apoyo al niño/a para que sobrelleven esta autoexigencia, más tardará después en sanar. 


Nadie debe crecer pensando que merece cariño dependiendo de sus éxitos.

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